miércoles, 9 de mayo de 2012

Nazis y Stalinistas: a propósito de la estética

Hace poco escuché de un profesor del este europeo una anécdota super divertida. El profesor comentaba que en la europa del este de hace años  se había cristalizado una diferencia entre nazis y satalinistas que se marcaba en los actos de organizaciones, universidades y eventos por el estilo. Ni hablar de la política. El profesor decía que esas diferencias comportamentales perduraban hasta hoy, a pesar que ni nazis ni stalinistas sean en la actualidad lo que solían ser.

En los actos referidos había una marca de distinción. Al terminar el acto (y piense el lector en la actualidad cuando termina un seminario o una jornada o lo que fuera) el moderador o presentador o locutor, anunciaba el final del mismo y al instante se producía el aplauso. La diferencia entre los nazis y los stalinistas comenzaba ahí. Mientras los líderes, oradores, autoridades o conferencistas nazis se ponían de pié, erguidos y solemnes, para recibir el aplauso y la ovación del público desde la tarima, el escenario o el atrio; los stanalinistas, en cambio, se paraban y aplaudían también, siempre sonriendo y mirando al público.

Como escribía en twitter un blogger amigo, al comentar la anécdota, se trataba si se quiere de una "jerarquía explícita versus igualdad simulada" (ver @andy_tow). Sin ninguna duda. Pero esa diferencia estética pretendía comunicar una idea, marcar una diferencia.

2 comentarios:

  1. No hay que menospreciar las estéticas, lo que transmiten, lo que dicen. Se me vienen, por caso, las de la apertura gimnástica del mundial 78, tan cercana a la nazi.
    Las estéticas, los ritos, provocan adhesión o rechazo más fuertes, a veces, que lo racional: la catarsis del teatro griego, el "chori, coca, bombo", los brillos de Versace y las ferraris.

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  2. Solyenitzin cuenta una historia curiosa de un acto estalinista, que mostraban el rol del miedo y la obsecuencia (que se repite en otras latitudes/epocas ).
    En una reunión en un comite de provincias un importante lider nacional del partido habia terminado su discurso, y comenzó el aplauso pero nadie se atrevía a terminar de aplaudir primero para que no creyeran que había falta de entusiasmo, los concurrentes se miraban entre ellos sin saber que hacer y la situación se prolongó durante 20 minutos. Finalmente un lider local dio por terminado el aplauso. Al poco tiempo fue violentamente purgado, no por que el tema importaba, sino por que, según Solyenitzin, no podian tolerar gente con independencia.
    Diego Fleitas

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